Parte de la sesión del jueves pasado, la dedicamos a hablar sobre las necesidades. Primero, intentamos encontrar una definición que nos convenciera. Vimos que una necesidad es la distancia que hay entre la situación real de una persona y la situación ideal para esa persona. De esta manera, el componente subjetivo es muy fuerte a la hora de hablar de necesidades. Es decir, somos cada una de nosotras la que tenemos que definir lo que necesitamos y nadie puede decirlo por nosotras.
Después, echamos un vistazo a la pirámide de necesidades de Maslow. A continuación:
Esta pirámide gradúa las necesidades y lo hace según una jerarquía, un orden, establecido, fijo. Deben atenderse primero las necesidades recogidas en el primer escalón para poder atender adecuadamente las de más arriba. Acudimos a un ejemplo que parece reforzar esta idea y es la historia de los Ik.
El antropólogo Colin
Turnbull afirmó haber descubierto un cultura que no amaba. En la década de los setenta del siglo pasado, estuvo un tiempo
conviviendo con los Ik, una tribu de cazadores de una árida región montañosa de
Uganda. Al poco tiempo de estar con ellos, el antropólogo, horrorizado,
proclamó que aquella gente había perdido su capacidad de amar. A tal cosa no se
había llegado por casualidad o incapacidad innata de los Ik. El gobierno
ugandés les prohibió cazar en el Parque Nacional Kidepo, que forma parte de sus
tierras. Eso les supuso quedarse sin su fuente principal de alimento y riqueza.
Sólo podían cultivar en campos secos y hueros. Desde entonces, el hambre y la
miseria se instaló entre los Ik. Turnbull ilustró el grado de desesperación que
el hambre había provocado entre estas personas con muchos ejemplos: abandonaban
a los niños a los tres años con la esperanza de que sobrevivieran uniéndose a
las bandas de niños, abrían las bocas de los ancianos para quitarles la comida
a medio masticar... Tres generaciones después, ya no existía el amor entre
ellos.
Tanto la pirámide de Maslow como la interpretación que de los Ik hace Turnbull nos parecen, de entrada, razonables. Pero al darle algunas vueltas, empezamos a encontarle fallos. ¿Qué pasa, por ejemplo, con aquellas personas que tenemos que luchar a diario para conseguir la comida de nuestros hijos, no estamos capacitadas para quererlos lo suficiente? ¿El amor que sentimos por nuestras parejas es de menor calidad que el que siente la gente acomodada? No aceptamos, de ninguna manera, que esto sea así. Es cierto que las complicaciones cotidianas, a veces muy urgentes, dan muchos problemas y nos quitan mucho tiempo y energía. Pero son precisamente esos problemas los que nos hacen tener muy presentes a nuestros "polluelicos". De hecho, pensamos que es el amor, a mitad de pirámide, el que te da fuerzas para atender las necesidades básicas.
La pirámide de Maslow se parece un poco al refrán "Cuando la pobreza entra por la puerta, el amor salta por la ventana". Nosotras preferimos otro refrán, que nos inventamos sobre la marcha: "Cuando el amor entra por la puerta, a la pobreza la tiramos por la ventana".
El tema de las necesidades nos llevó a recuperar una noticia sobre la que ya habíamos debatido. Es esta:
Y aquí el vídeo:
El dinero que se recibe a cambio de un trabajo o la ayuda que se recibe porque corresponde, es una cuestión de derechos. Derechos, dicho sea de paso, atendidos con tacañería. Si recibimos una ayuda, ese dinero es nuestro, por derecho, y lo gastamos según nuestro criterio. ¿Si hemos estado todo el año pasando penurias, no podemos permitirnos un gasto grande según lo que decidamos que necesitamos? ¿Con qué derecho nadie nos dice lo que podemos comprar o no? ¿Esta señora del vídeo tiene televisión de plasma? Como dijo una compañera: "Me lleno mi nevera pero a mi hijo le compro su necesidad".
Somos un grupo de 13 mujeres y 1 hombre. La mayoría vivimos en El Campico (Alcantarilla, Murcia). Una vez a la semana nos reunimos y charlamos sobre temas diversos. En este blog queremos recoger algunas de estas conversaciones.
martes, 5 de febrero de 2013
viernes, 1 de febrero de 2013
Las comparaciones son odiosas
En las fiestas del año pasado en Alcantarilla (nuestro municipio), actuó
sábado, 26 de enero de 2013
Buenas, malas o todo lo contrario
De vez en cuando, debatimos sobre
noticias que aparecen en los medios. Lo hacemos con toda clase de
ellas, ya hablen de la corrupción generalizada, la situación
económica o muestren aspectos absurdos de nuestra sociedad como, por
ejemplo, esta:
La última semana estuvimos
reflexionando a raíz de una noticia publicada por El País:
Según el estudio, los chimpancés
optaban por colaborar para conseguir mejores resultados en el juego
que les proponían los científicos. Es cierto que la colaboración
venía motivada por una recompensa mayor, que no era espontánea,
pero nos parecía muy sugerente la idea de que ese sentido de la
justicia (en este caso representada por el hecho de compartir el
premio) se asemeja con el sentido de la justicia de los niños. Es
decir, la justicia como algo innato, espontáneo, incluso primitivo.
Hicimos un repaso de las virtudes que
encontramos en la infancia, es decir, en nuestros hijos e hijas.
Vimos que tienen una gran capacidad de perdón, que se enfadan mucho
entre ellos pero se les pasa en un visto y no visto. No guardan
rencor. Tienen, también, la virtud de expresar su cariño (y cuando
lo expresan hacia nosotras, nos hacen muy felices) y suelen estar
alegres. No juzgan a las personas y si lo hacen, su veredicto siempre
es de inocencia, no ven la maldad. Valoramos como algo positivo el
que sean tan cabezones. Es verdad que esto, a veces, nos complica las
cosas e incluso, lo reconocemos, nos hace perder los nervios cuando
no dan su brazo a torcer. Pero consideramos que nos envían un
mensaje: nos dicen que eso por lo que pelean es importante para
ellos, aunque nosotras lo veamos como una cuestión menor. Nos
gustaría conservar esa capacidad de la infancia de pelear por lo que
creen que les corresponde, por pelear por lo que consideran justo.
Ya puestas, quisimos ver si éramos
capaces de encontrar defectos en la infancia. Al fin y al cabo, de lo
que se trataba era de dilucidar si la persona es buena o mala por
naturaleza. Hablamos sobre la manera en la que, a veces, escupen la
comida, tiran los vasos de agua o destrozan todo aquello que pillan.
Es como si fueran bordes y quisieran hacernos enfadar, dijo una
compañera. Vimos que suelen ser egoístas, que no quieren compartir
y que tienden a acaparar, quieren sus juguetes y los de los hermanos
o los de los otros niños que juegan en el parque. En todo caso, encontramos
motivos para exculparlos de estos comportamientos. Más si cabe si
los comparamos con los adultos.
Según este primer repaso a las
virtudes y defectos de la infancia, nos inclinamos a pensar en la
bondad inherente de las personas. Aunque una compañera se mantenía
firme al afirmar que somos malos por naturaleza.
En este punto, acudimos a los dos
pensadores por excelencia en cuestiones de maldades o bondades
inherentes.
Hablamos de Hobbes y su frase el hombre es un hombre para el hombre. La obra de referencia de Hobbes tiene nombre de serpiente gigante bíblica: Leviathan. Algunos consideran que las terorías de Hobbes (el hombre necesita ser controlado por un estado fuerte y vigilante) justifican la existencia de estados o corrientes ideológicas autoritarios.
En el otro lado del ring, estaría Rousseau, convencido de la bondad del ser humano. Insiste en este tema en “Emilio o De la educación”, aunque, como es evidente, no nos hace ninguna gracia que el capítulo V de este libro, el dedicado a la educación de las niñas y mujeres, como si fuéramos un grupo menor de la sociedad, afirme que debemos ser educadas solo para servir al hombre y ser buenas esposas. Rousseau pensaría que somos buenos pero él era algo chungo.
Hablamos de Hobbes y su frase el hombre es un hombre para el hombre. La obra de referencia de Hobbes tiene nombre de serpiente gigante bíblica: Leviathan. Algunos consideran que las terorías de Hobbes (el hombre necesita ser controlado por un estado fuerte y vigilante) justifican la existencia de estados o corrientes ideológicas autoritarios.
En el otro lado del ring, estaría Rousseau, convencido de la bondad del ser humano. Insiste en este tema en “Emilio o De la educación”, aunque, como es evidente, no nos hace ninguna gracia que el capítulo V de este libro, el dedicado a la educación de las niñas y mujeres, como si fuéramos un grupo menor de la sociedad, afirme que debemos ser educadas solo para servir al hombre y ser buenas esposas. Rousseau pensaría que somos buenos pero él era algo chungo.
Hobbes y Rousseau nos llevaron a hablar
a la relación entre naturaleza (genética) y medio ambiente
(sociedad). Según el primero, es el entorno el que debe velar para
que nos comportemos de forma civilizada. Según el segundo, es la
sociedad en la que vivimos la que nos va estropeando según nos
hacemos adultos.
Exponemos de forma resumida algunas de
las cosas que dijimos sobre esta cuestión:
- Pensamos mayoritariamente que somos buenos al nacer pero que el entorno nos va “malificando”.
- La familia es lo que más nos influye. Aunque, y esto nos parece de especial relevancia, si alguien es de una forma determinada, lo seguirá siendo por mucho que la familia intente que no lo sea. Reconocemos cierta capacidad individual para salir inmunes de la influencia familiar (y del resto del entorno).
- El entorno en el que se nace, nos influye mucho. Con esto queremos decir que no es lo mismo nacer y vivir en un barrio excluido que en una urbanización de lujo. Así dicho, parece una obviedad pero es una obviedad que la mayoría no quiere ver. Los niños ven como algo “normal” lo que se hace en su entorno y si lo “normal” incluye vender droga o sobornar políticos, eso será lo que acaben haciendo.
- Esto nos llevó de nuevo a la capacidad de huir del entorno. Llegamos a una conclusión con ciertos matices paradójicos: si la influencia familiar es positiva, conseguirá que los niños aprendan a ser autónomos, a tomar sus propias decisiones y, por tanto, a ser capaces de no dejarse influir por lo que ven o por lo que otros hacen o les piden hacer.
Para acabar, imaginamos cómo deberían
ser las instituciones que nos rodean, en las que vivimos, para que la
bondad de la infancia se mantuviera a lo largo de la vida. Nuestras
conclusiones:
FAMILIA: Debe dar cariño, respeto y
normas claras (y justas).
COLEGIO: Que el profesorado respete a
los alumnos y a sus familias (y viceversa, claro). Que no se sea muy
estrictos, más vale mostrar cierta flexibilidad que no agobiar a los
niños con muchas exigencias (que pueden tener justo el efecto
contrario). Que se procure que las necesidades materiales queden
atendidas para todos los niños (*).
BARRIO: Que haya jardines, escuelas,
centros de salud cercanos (el nuestro está a medio hora caminando),
supermercados baratos, limpieza, parada de autobús, cabinas por si
hay que hacer una llamada de emergencia...
SOCIEDAD: Reparto del dinero/riqueza
entre todos. Que no haya ricos ni pobres (que es la frase de antes
pero con otras palabras). Hablamos también del trabajo y dijimos que
si hay que trabajar, debería ser en buenas condiciones. De pronto,
descubrimos algo que nos llamó la atención: al hablar de las buenas
condiciones, incluimos “un sueldo de por lo menos mil euros”. La
situación actual es tan terrible que añoramos cosas que antes eran
denunciadas como malas (ser mileurista).
Es evidente que un tema como este que
estuvimos debatiendo no puede por menos que quedarse a medio. Pero
quisimos terminarlo pensando en si conocíamos a alguien que fuera
100% bueno o 100% malo. No encontramos a nadie que cumpliera la
primera condición pero sí algunas suegras (“demonias”, “víboras
de siete cabezas”) e incluso algún cuñado que cumplían la
segunda. Aunque, ya al final, nos dimos cuenta de que, quizás,
habíamos enfocado mal todo el debate. En realidad, las personas no
somos o buenas o malas. Tenemos un poco de lo uno y un poco de lo
otro.
(*) Al hablar de las necesidad
materiales, señalamos las evidentes: libros, ropa deportiva,
material escolar... pero también otras como tablets o teléfonos
móviles. Es cierto que esto último puede parecer caprichoso o
superficial pero nuestros hijos se enfadan, lo pasan sinceramente
mal, cuando ven que otros tienen cosas que ellos no pueden tener. En
este vídeo se aprecia el mecanismo interior que se activa ante estas
comparaciones:
Si se reparten uvas, que se repartan para todos.
Macarrones con habichuelas
Queremos ofrecer una serie de recetas
de platos que solemos cocinar. Son platos que elaboramos de forma
habitual. No seremos muy precisas con las cantidades, tiempos de
cocción y cosas por el estilo pero pensamos que no es necesario, al
fin y al cabo ¿quién cocina siguiendo las recetas al pie de la
letra? Nosotras no.
INGREDIENTES (para una olla grande)
Medio kilo de habichuelas
Medio kilo de macarrones
Huesos frescos de cerdo
Un hueso de jamón
Un pollo troceado
Un pollo troceado
Unas ramas de apio
2 patatas (grandes)
2 morcillas
Cebolla
Tomate
Pimentón dulce
Sal
PREPARACIÓN
Las habichuelas se ponen en remojo el
día antes. Se puede hacer con habichuelas de bote aunque preferimos
nuestra opción.
Se ponen a cocer las habichuelas, los
huesos frescos, el hueso de jamón, el pollo y el apio.
El agua debe llegar tres o cuatro dedos por encima de los
ingredientes. El tiempo de cocción es el que necesiten las
habichuelas, así que, tendremos que estar pendiente de ellas.
Mientras tanto, hacemos el sofrito con
la cebolla, el tomate y el pimentón dulce.
Cuando las habichuelas estén cocidas,
añadimos a la olla el sofrito y las patatas cortadas en trozos.
Cuando la olla vuelva a hervir,
esperamos unos diez minutos y echamos los macarrones y las morcillas.
Entonces, ponemos sal al gusto, colorante (o azafrán) y una pastilla
de caldo a quien le guste. A los ocho minutos o así (según el
tiempo de cocción que indique el paquete de los macarrones) apagamos
el fuego.
La comida está lista.
La realidad de El Campico de Alcantarilla (Murcia)... sin alcantarillado y calles sin asfaltar en pleno siglo XXI
LA REALIDAD DE EL CAMPICO DE
ALCANTARILLA... SIN ALCANTARILLADO Y CALLES SIN ASFALTAR EN PLENO
SIGLO XXI
Las lluvias caídas el 28 de septiembre
de este año pusieron de manifiesto la realidad de El Campico. No
sucedió ninguna desgracia comparable a las sucedidas en Lorca o
Puerto Lumbreras pero la situación llegó a ser crítica. Si la
lluvia hubiera continuado unas pocas horas más, podría haber
sucedido algo irreparable.
El Campico es un rincón medio olvidado
de Alcantarilla en el que viven alrededor de setenta familias con
muchos hijos pequeños. Las calles no están asfaltadas y no hay
alcantarillado. Esto, además de complicar mucho el día a día, hace
que los efectos de las lluvias sean especialmente graves. Al no haber
alcantarillado, las casas tienen que tener fosas sépticas. Cuando
llueve mucho, el agua entra en las casas y de ahí se acumula en los
pozos. De esta manera, los pozos se desbordan con los consiguientes
riesgos sanitarios.
Las calles no están asfaltadas. Son
calles llenas de baches, polvo y charcos. De vez en cuando, el
Ayuntamiento de Alcantarilla las cubre con zahorra. Esto, más que
arreglar la situación, la empeora. Al subir el nivel de las calles,
las casas quedan en bajo lo que facilita que entre el agua en las
mismas. Además, solo con que chispee, las calles se convierten en un
barrizal impracticable. Un barrizal que dura varios días y que hace
difícil, cuando no imposible, cosas tan sencillas como ir al colegio
o al pediatra con los niños pequeños.
Todo esto se complicó sobremanera con
las lluvias de finales de septiembre. Algunas familias se ven
obligadas a vivir en chabolas o caravanas. Estas “casas” se
perjudican mucho con la lluvia. Algunas chabolas se hundieron y
algunas caravanas parecían barcas. Si hubiera llovido un poco más,
algunas podrían haber sido arrastradas por el agua. En este caso, sí
podríamos estar lamentado alguna desgracia. Tampoco se libraron las
casas de obra. La mayoría se inundaron, llegando el agua hasta una
altura de medio metro. Muchos vecinos tuvieron que romper paredes
para dejar que el agua pasara y no acabara por destrozar las casas.
Aún así, las pérdidas materiales (colchones, mantas, ropa,
muebles...) fueron considerables. Esto, en una zona como El Campico,
en la que la mayoría de las familias cuentan con muy pocos recursos,
cuando no ninguno, es especialmente grave.
Debemos añadir que varios vecinos
avisaron a la policía y a los bomberos solicitando su ayuda y
ninguna de estas llamadas fue atendida. No vinieron ni los unos ni
los otros, ni siquiera pasados varios días desde las lluvias.
Esto sucedió hace algo menos de un mes
y puede repetirse la siguiente vez que llueva. La situación de
abandono de El Campico dura muchos años. Como vecinas del barrio nos
hemos reunido numerosas veces con los responsables del Ayuntamiento
de Alcantarilla y algunos de sus compromisos siguen sin cumplirse.
Hemos solicitado una reunión con el Alcalde para recordarle todos
estos problemas y pedirle tanto que las calles de El Campico sean
asfaltadas como que se ponga el alcantarillado.
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